miércoles, 15 de octubre de 2008

Percepción


Hay algo de perversión en el cine de Lucrecia Martel. Va más allá de que uno como espectador no pueda salir inmune de su película. Tiene que ver con una sensación de sufrimiento, de pesar, de paciencia extrema y, también, de placer. Como artista, como cineasta, como comunicadora, encontró su lugar en el cine, lo que le da ese status de autora.
No es clásica, no es lo que llamaríamos moderna, no es moralista, ni política, ni siquiera excéntrica. Es costumbrista en su entorno (chapeau a cualquier artista que sepa explotar el contexto en el que nació y fue criado), es ambigua en sus guiones (o en su estructura, vaya a saber de qué manera escribe sus guiones), es virtuosa en sus encuadres (sus composiciones son brillantes, con algún mérito para la dirección de fotografía seguramente), y el sonido, se sabe, siempre es notable. Además, y a diferencia de Trapero o Sorín (realizadores que trabajan a menudo con actores poco experimentados con irregular resultado), Martel selecciona actores o simplemente gente de su zona junto a otros, provenientes de circuitos alternativos del teatro por ejemplo, y logra forjar elencos homogéneos y sumamente expresivos y naturales en su composición.
No obstante, tengo sentimientos encontrados con su tercer largo. Había algo genuino y resplandeciente en "La Ciénaga". Se notaba la tensión y el pulso maestro en "La niña santa"; pero siento que en "La mujer sin cabeza", la trama se diluye demasiado, y de algún modo no me alcanza con su modos operandi para contarnos las sensaciones y consecuencias de sus criaturas.
Reconozco escenas excelentes, como las de madre y cuñada sentadas en la cama con la vieja que está casi agonizando (María Vaner en su últimos y muy honrado papel), o bien el shock de Vero luego del accidente (María Onetto en su mejor momento), o los geniales diálogos encabezados por la cuñada (una desconocida y brillante Claudia Cantero).
Tuve el privilegio, se podría decir, de ver "La mujer sin cabeza" en una de las pantallas más grandes de Sudamérica, la del Gaumont, y el sonido no estaba nada mal. Por lo cual, los encuadres y las sensaciones perceptivas en el espectador se disfrutan, y algunos planos son realmente embriagadores. Probablemente la vuelva a ver pronto, seguramente encontraré otros méritos y algunas molestias más, por qué no, pero definitivamente soy conciente de que me es difícil expresar un análisis exhaustivo sobre el film en cuestión, y de algún modo me siento condicionado por la directora tras las cámaras. De momento, me queda una sensación agridulce, pero espero ansioso más películas de Martel, aunque también desearía verla en otro tipo de films, y ver cómo logra imprimir sus particularidades. Tal vez "El eternauta" sea la oportunidad, tal vez no...