martes, 19 de mayo de 2009

Años rebeldes, sobre "Días de mayo", de Gustavo Postiglione




Cuando pienso en la película que presencié anoche en su avant première porteña, me viene a la cabeza una palabra que no es sencilla de transmitir, a modo de sensación, contexto o atmósfera, en la gran pantalla: "nostalgia". Y puede que haya sido uno de los objetivos primordiales de Gustavo Postiglione, director que quiso plasmar en su nuevo film a esa juventud idealizadora, revolucionaria y rebelde, pero también inocente, tierna y fresca. Pienso entonces que fue un acierto haber trabajado un casting del cual salieron las caras protagónicas de Días de mayo.
Postiglione se sumerge en su proyecto más ambicioso, rodado en un expresivo blanco y negro, y ambientado con rigor en diversas locaciones de su Rosario, para hablarnos desde los primeros minutos del "Rosariazo", y del flechazo que se gesta en esa movilización entre Laura y Pablo, los jóvenes protagonistas, interpretados por la carismática y espontánea Agustina Guirado, que se carga el protagónico al hombro, y por Santiago Dejesús, unos escalones más abajo que su partenaire. En roles secundarios se luce otros actores "descubiertos", Caren Hulten y Juan Nemirovsky, y muy particularmente Antonio Birabent, en un rol desopilante.
En general, se percibe la variedad de temas que Postiglione quiso retratar, y no todos fluyen como debieran. Hay también cierto estereotipo en el modo de concebir a los personajes, aunque se acepta si se entiende que estamos ante una historia de viejas ilusiones e ideologías, de tiempos pasados, de otros estados de ánimo, de otras luchas sociales.
Postiglione da un paso adelante, y tal vez éste sea su film más "pensado" o logrado, el que le permita asomar aún más sus inquitudes artísticas por fuera de Rosario. Esperemos que en un futuro, sepa sortear mejor ciertos vicios y algunas obviedades, y manejar con mayor solvencia ciertos tempos que por momentos deslucen la trama de su Días de mayo. Más allá de eso, sale airoso como director de actores, y consigue hacernos querer a estos jóvenes de los cuales tranquilamente podríamos enamorarnos, en esos tiempos tan complicados, pero también tan particulares. Sensaciones que cobran vida en esta película.

domingo, 17 de mayo de 2009

En la ciudad sin límites, sobre "La Sangre Brota", de Pablo Fendrik



Hay un nuevo realizador argentino. Sus primeros dos filmes se estrenaron en Francia, y ambos estuvieron en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes en sus dos ediciones anteriores.


El asaltante es su ópera prima, y aún no pude verla. El protagonista es Arturo Goetz, quien repite cartel en su segundo largo, junto a Nahuel Pérez Biscayart, como un padre e hijo en una relación particular. La madre tambíen tiene lo suyo. Y hay varios personajes más, que rondan por allí, con intereses personales, y con la plata como meta final o como medio para. Hablo de La sangre brota, una película desgarradora, punzante, bien en el estilo por el que ha debutado este director.


Y si las cálidas críticas y los elogiosos comentarios Lo sitúan como un director con futuro, consagrado por dos filmes, superándose a sí mismo, puedo empezar a coincidir luego de ver su segunda obra.


Pablo Fendrik escribió una especie de relato coral, entre madre, padre e hijo, pero también entre personajes relacionados con ese padre, taxista, y ese hijo, adolescente perdido.


Desde el minuto uno, Fendrik, ya en su rol de director, se las ingenia para meterse al espectador en el bolsillo, y no lo hace con una situación explícita desde la trama. Por el contrario, en los primeros veinte minutos, o algo más, el relato no parece avanzar demasiado, pero ya en la presentación de los personajes, y en los contextos en que se mueven, Fendrik va construyendo una capa de tensión y angustia notables.


Quiero decir que antes de la media hora, como director logra un clima espeso del cual ningún espectador quiere perder detalle, aunque aún no sepa qué está en juego. Luego sí las cartas están sobre la mesa, los personajes más afilados, y las acciones más definidas. Y así, in crescendo, la película aumenta las dosis, y los hilos manejados por Fendrik transitan una especie de "caos calmo".


Fendrik compone encuadres y situaciones en sitios muy transitados de Buenos Aires, pinta primerísimos planos muy crudos y, de a poco, va soltando su ira. No nos olvidemos que aquí, en algún momento, la sangre va a brotar.


Como director, además de utilizar con maestría las posibilidades de la cámara, y de darle al sonido un lugar fundamental, que se luce y está presente como en el mejor cine de Lucrecia Martel, Fendrik también se las arregla para dirigir a un elenco homogeneo y talentoso, en el que todos brillan. Y es en su protagonista Arturo Goetz donde mejor se comprueba, aunque haya secundarios notables como los de Ailín Salas, Carolina Balbi y Guillermo Arengo.


Hay algo de la tensión manejada con talento por Paul Schrader en su film Aflicción, y también climas que remiten a la filmografía de Mike Leigh. Pero Fendrik realmente sorprende, hace la diferencia, porque su película parece dirigida por alguien con muchas más horas de vuelo.


Espero que el público argentino pueda darse la oportunidad de descubrirlo, para empezar a torcer ese destino del "nadie es profeta en su tierra", tan presente en nuestro cine.

jueves, 14 de mayo de 2009

Buenos muchachos, sobre "Gomorra", de Matteo Garrone


Se ha dicho bastante sobre Gomorra. Los críticos han alabado su "rigurosidad", su "radiografía casi documental", su "solemnidad". Yo la he encontrado como un film "correcto" y "prolijo", pero... Sí, desde ya que prefiere un cine con más sangre si hablamos de la mafia. Sé que hay patrones, y que como espectador espero mayores referencias a clásicos como la saga de El Padrino, a la filmografía de Scorsese, a algunos trabajos de De Palma, o para ser más actuales, a las primeras tres películas de James Gray, una trilogía sólida que completó con Los dueños de la noche.
Es cierto que Gomorra no centra el tema de la mafia en relación a una familia, o a vínculos de sangre o de herencia, ni se juega el honor o la traición a través de las acciones de sus personajes. El filme busca ser un fresco de esa organización poderosísima que extiende sus lazos desde Italia hacia el munco: la Camorra.
Pero creo que Matteo Garrone, como director, se contiene demasiado. Así como son prolíficos y notables sus encuadres en grandes planos generales, pienso que el film está tratado con la misma distancia. La cámara se impone, registra todo, pero falta mayor pulso, tensión, conmoción.
El cine, a esta altura, puede hacer grandes cosas con una trama así, sin necesariamente plagiar a viejas joyas del género. Gomorra opta por la discreción, y la controversia y las expectativas parecen ser parte de otro cuento, ése que nos vendió la prensa y la distribuidora de la película y del libro homónimo de Saviano. Pero en el film mismo, no es tan fácil descubrirlo.
Algo a favor: creo que de todos modos es un film correcto, bueno, y algunos encuadres y ciertos climas persisten en mí. Pero sostengo que su contrincante en varios festivales y premiaciones, Il Divo, es altamente superior.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Los mejores años de nuestras vidas, sobre "Two for the Road", de Stanley Donen


Hace un tiempo, hablando con una persona de confianza sobre mis intereses como estudiante de dirección de cine, le comentaba de mi atracción por las tramas en las que rigen los encuentros y desencuentros de personajes, más allá de los motivos que los llevan a unirse y a separarse en cada film. Y me recomendaron una película del año 1967, dirigida por el realizador de Charada, Stanley Donen.


Me encontré entonces con una encantadora pareja que se conoce, se enamora, discute, viaja con su hijo, se separa, y finalmente... De la mano de Audrey Hepburn y Albert Finney, Donen los lleva y trae en el tiempo, con continuos cambios de look (sobretodo de peinados) y en ocasiones, con pintorescos personajes secundarios, y siempre bajo paisajes cálidos y bellos de Europa, en viajes por la carretera que son los que bautizan con justicia al film: Two for the Road.


En su momento, el guión fue nominado por el Oscar, sin embargo se omitió el notable trabajo de un oficio y entrega totales que brinda Stanley Donen. Two for the Road es una road movie sumamente innovadora, en el mejor estilo de El graduado/Mike Nichols y Perdidos en la noche/John Schlesinger. Donen utiliza sin miedos ni pudor agresivos zoom in y zoom outs, encuadres virtuosos, planos detalle poderosos, y alturas de cámara de un amplio rango de variación. Y se vale de un montaje rico en detalles y en objetos en común o zonas de cuadro que nos llevan del presente al pasado de la pareja, o viceversa.


El ritmo es vertiginoso, y Hepburn/Finney nos van contando su historia con mínimas referencias, pues enseguida, y por movimiento de cámara, ya estamos en ese pasado al que hacían referencia. Entre ellos, además, hay una química notable, una conexión intensa gracias a la cual ninguno busca sobresalir ante el otro.


Two for the Road merece el descubrimiento/revisionado, así como también valorarlo como un film que en esa época ya hablaba con inteligencia de esas relaciones tan particulares y complejas a las cuales se les llama amor.