martes, 15 de septiembre de 2009

El color del dinero, sobre Las Viudas de los Jueves, de Marcelo Piñeyro



Pocas veces en mi archivo personal de películas vistas, he presenciado una adaptación tan pobre de un libro a la pantalla.

Las viudas de los jueves fue un best-seller en Argentina, surgido de un concurso de novela de escritores desconocidos, que catapultó al ámbito académico a su autora, Claudia Piñeiro, quien posteriormente demostró que era más que una escritora de moda. En su opus concentró una historia coral de varios pares de matrimonios sumergidos en un country de fines de los noventa. A través de capítulos breves, concisos, de prosa clara y directa, sin ambiciones de academicismos varios, Las viudas de los jueves ilustró todo tipo de personajes y actitudes, desde la codicia, el desempleo y descontrol, hasta la infidelidad, los secretos íntimos y los divorcios más escandalosos.


Cuando empezó a correr el rumor de trasladar la obra a fílmico, hubo un primer nombre, extraño y poco factible, para el proyecto: Lucrecia Martel. Enseguida llegó el proyecto de El Eternauta, y el candidato nº 1 pasó a ser el más apto tal vez para semejante adaptación: Marcelo Piñeyro.
Una coproducción con España, varias empresas respaldando, y un elenco multiestelar de carismáticos actores argentinos (más un par de españoles), parecía una base demasiado sólida como para que el film resultase, cuanto menos, correcto.


Y si le sumamos que la adaptación la realizaría Piñeyro (co-guionista de probada trayectoria junto a Aída Bortnik) y Marcelo Figueras (novelista y responsable del guión de la lograda Kamchatka), cuesta creer los pobres resultados vistos en pantalla grande.

Pareciera que Piñeyro filmó sin ganas. No hablemos ya del guión, limitado y erróneamente mesurado en relación al caudal de la novela, sino del tratado estético, pues Las viudas de los jueves parece más una maratón de varios capítulos de una serie tipo Dinastía o Amas de casa desesperadas, con planos sencillos, transiciones monótonas, diálogos un tanto forzados, un ritmo cadencioso y extraño. Es más, compararlo con dichas serias sería injusto, porque hoy por hoy las series yankis brillan por sus elencos, su acertado montaje y sus pulidos guiones.
Pero aquí todo está demasiado lavado, pasado de cocción, absolutamente deslucido. Eso incluye a los actores, exceptuando el probado oficio y cierta naturalidad en el matrimonio Sbaraglia-Toscano, y hasta ahí nomás. Eso sí, todos son bellos y fotografían de maravilla ante la cámara (atención con la presencia de la poco conocida actriz Ana Celentano), pero en este caso, no alcanza. Y tal vez uno de los mayores errores haya que adjudicarlo al afán por hacerse de un elenco de jóvenes figuras, cuando en el original todos los matrimonios ya superan los cuarenta y pico de años cada uno, mínimamente. Así, hasta el hecho trágico de la trama resulta inverosímil, en hombres que recién lucen sus treinta, y que todavía pueden presentar batalla ante la falta de empleo y la adversidad por la pérdida del status social y económico.

Ahora bien, un director con la trayectoria de Piñeyro, con trabajos excelentes a cuesta como Caballos salvajes o Cenizas del paraíso, que ha sabido crear climas de verdadero profesional en films como Plata quemada o El método: ¿puede ser el mismo que no aprovecha ninguno de los caminos de intriga, misterio y muerte que le presenta la trama de Las Viudas de los Jueves?
Evidentemente sí, y a las pruebas me remito. Vean el film, y díganme si hay cine en este híbrido que parece haber enviudado del todo.